*Tomado del Libro: Historias de la Palma de la Mano. De Yasunari Kawabata.
Ceguera no es sólo la que se padece en los ojos.
Tomando a su mujer ciega de la mano, el hombre la condujo hasta
la colina para ver la casa que se alquilaba.
-¿Qué es ese sonido?
- El viento entre los bambúes.
- Claro. Hace tanto que no salgo de casa que me he olvidado
de cómos susurran las hojas de bambú…Ya lo sabes, la escalera de la casa en la
que vivimos es tremendamente angosta. Cuando nos mudamos, casi no me atrevía a
subirla. Ahora, justo cuando me he acostumbrado a ella, me dices que otra vez
vamos a ver una casa nueva. Un ciego conoce todo los rincones de su casa. Está
tan familiarizado con ella como lo está con su propio cuerpo. Para alguien que
ve, una casa es algo muerto, pero para un ciego está viva, tiene una pulsación.
Ahora, ¿chocaré contra las columnas y tropezaré con el umbral de una nueva
casa?
El hombre soltó la mano de su mujer y abrió el portón banco.
-Parece oscuro, como si los árboles demasiado crecidos
ahogaran el jardín. Los inviernos serán fríos a partir de ahora –Dijo ella.
-Es una casa de estilo occidental con paredes y ventanas
oscuras. Debían ocuparla unos alemanes antes; la placa dice “Liederman”.
Pero al empujar la puerta de entrada, el hombre retrocedió,
cegado por una luz deslumbrante.
-Es maravilloso. Hay tanta luz. Tal vez sea de noche en el
jardín, pero dentro de es de día.
El empapelado de rayas amarillas y rojas era deslumbrante,
semejante a los tapices den rojo y escarlata que se despliegan durante las
ceremonias. Las pesadas cortinas rojas relucían como bombillas de colores.
-Hay un sofá, una chimenea, una mesa y sillas, un
escritorio, una lámpara de adorno, no faltan muebles. ¡Pruébalos!
Casi atropellándola, la hizo sentarse en el sofá. Ella
agitaba las manos como una torpe patinadora sobre hielo y rebotaba como un
resorte.
-¡Oh!, si hasta hay un piano.
La tomó de la mano y la hizo agacharse. Ella se sentó ante
el pequeño piano próximo a la chimenea y palpó con cautela las teclas, como si
se tratara de algo amenazador.
-Escucha, suena.
Empezó a tocar una melodía simple, probablemente una canción
aprendida de niña, cuando todavía podía ver.
Él se dirigió al estudio, donde había un gran escritorio. Y
contiguo al estudio, descubrió un dormitorio con una cama doble. Allí también
había rayas, rojas y blancas, esta vez en una manta enrollada alrededor de un
colchón relleno de paja. Se arrojó sobre él. Era suave y elástico. Las notas de
su mujer empezaban a sonar más alegres. Pero también podía oír su risa infantil
cuando cada tanto se equivocaba, la penitencia de la ceguera.
-Ven aquí a ver esta gran cama.
Era extraño, pero la mujer se desplazaba rápidamente hacia
el dormitorio, moviéndose por la casa desconocida como alguien que viera.
Se abrazaron. Él la hizo rebotar como un muñeco de resorte
cuando se sentaron en la cama. La mujer empezó a silbar bajito. Se habían
olvidado del tiempo.
-¿Qué lugar es este?
-Bueno…
-De verdad, ¿dónde estamos?
-Donde sea que estemos, no es tu casa.
-¡Qué bueno sería que hubiera muchos lugares como este!
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