La Historia Comienza:
“Toda las madrugadas eran idénticas: Ávila y techo. Mi mamá
había impuesto un régimen totalitario de horarios de llegada. Transgredir esas
normas imponía sanciones domésticas. Conozco la maldición del insomnio. Primero
fue la oscuridad, luego la guerra. Durante
los trasnochos infantiles me vi obligada a escuchar los enfrentamientos entre
Eugenia y Alfonso. Fui testigo silente de batallas freak. Daniel, intimidado
por la bulla, solía meterse en mi cama y apretarme contra su pecho. Supe,
entonces, que Eugenia mother era un puta y que Alfonso Blanc era un güevón: una
y otra vez, entre oraciones sin forma, intercambiaban los mismo epítetos.
Daniel lloraba. Daniel siempre fue débil. Su debilidad me hizo improvisar una
fortaleza que no tengo pero que todo el mundo reconoce. Natalia dice que nada
me conmueve. Muchas veces he pensado que no sé celebrar la felicidad ni sufrir
la desgracia. Soy ingestual, es verdad. Jorge dice que soy fría, que mis
abrazos, en ocasiones, parecen los abrazos de un muerto. El insomnio hace
posible la reflexión inútil. A vecs chateo con Natalia o con algún admirador
ocasional pero, últimamente, toda interacción humana me aburre.”
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