Jenniffer Jones en la película de MGM, 1949.
Dice Vargas Llosa en su ensayo, La Orgia Perpetua, sobre
Madame Bovary, que hay personajes literarios que para él son más queridos e
importantes que personas de carne y hueso. Nunca me había puesto a pensar en ello de esta
manera, por más que amo la lectura y que me dedico a esto, que escribo, que
comparto, que promuevo. Nos tocan tan profundo. Nos mueven tanto. Eso son los
clásicos. No importa si fueron escritos en el siglo XVIII o si fueron publicados
el año pasado. Hay libros, hay personajes que se quedan con uno. También se quedan las
historias, se quedan las palabras, se queda la poesía, se queda la trama. Se
queda el final.
Son esos libros que nos dan vuelta y que empiezan a vivir
después de que hemos pronunciado las palabras del capítulo final y lo hemos
cerrado. Empiezan a surgir las preguntas. Días después todavía estamos llegando
a las conclusiones. Si tenemos la suerte de pertenecer a un círculo de lectura,
tal vez en la discusión algo nos haga cambiar de perspectiva.
En el caso de Madame Bovary es tanto lo que hay que discutir,
que pensar, son tantos los ángulos, que un post no va alcanzar, así como no
alcanzó una reunión.
Desde el punto de vista literario la novela es una especie
de escuela. Hay tanto por aprender de esas palabras, mucho más que en cualquier
taller. La estructura y la obsesión descriptiva de Flaubert que logra llenar de
vida cada cuarto, cada objeto, pero sobre todo logra algo que me dejó conturbada en esta
segunda lectura de esta obra. La capacidad del escritor de mostrar
estados de ánimo a través de los gestos de los personajes. El lenguaje corporal
es algo que no cualquier narrador puede lograr. No dejo de imaginar ese placer
sensual de sólo ver a una mujer moverse, casi felina, apoyar un brazo, estirar
la mano, mover el cuello, parpadear, para seducir, no sólo a un hombre o a un
enemigo, sino a sí misma.
También hay otros aspectos, el tiempo de narración. Un
tiempo sumamente complejo, que estudia también Vargas Llosa en su ensayo, y con
el que Flaubert juega, así como juega con los puntos de vista. Un narrador con
una omnisciencia extraña, a veces total, a veces limitada. Una cámara que se
mete dentro de los personajes, pero que a veces no llega a ese lugar donde se
expone todo, para que sea el lector el que descubre. Flabuert fue un maestro porque
hace lo que finalmente es la meta de todo escritor, mostrar no decir.
Nos dice muy poco, nos lo muestra todo.
Desde el punto de vista psicológico. Nos muestra la
angustia, la desesperanza, la carencia, la búsqueda, la franca desesperación,
la rebeldía, la inconformidad. Una mujer que se rebela ante todos, pero ante sí. Emma Bovary, que se ama tanto, pero que se paraliza de temor
ante la posibilidad de no vivir la vida que tanto sueña. O más que sueña, que
fantasea. Los libros se apoderaron de ella. Su vida se llenó de espejismos.
Como lectores, como seres humanos, nuestra primera reacción
siempre será la de juzgar a Emma Bovary. Tal vez por eso Flaubert la puso allí.
Se inspiró en historias reales, las cuales no alteró demasiado para entregarnos
un mundo ficcional en que la verdad se cuela de una forma muy peligrosa. Tal
como lo dice aquella definición de ficción: es una mentira peligrosamente
cierta.
Habrá quien vea en Emma una luchadora, que cayó por el peso
de su corazón. Habrá quien vez a una mujer que lo perdió todo y que se dejó
vencer por el propio mal que llevaba dentro. Una mujer a quien consumió su
mundo interior, o una mujer que vivió desde lo exterior y fue atropellada por
ello. Habrá quien vea en Emma la maldad, y quien vea en ella el corazón más
puro.
Se pregunta uno entonces, ¿quién es Madame Bovary? Si como
dijo el propio Flaubert: "Madame Bovary soy yo", no sólo porque tenía de hombre,
porque ilustraba algo de sus propios sentimientos, Flaubert se cuidó en extremo de deslindarse de sus personajes aunque ningún escritor
puede escapar a dejar su propia vida entre sus líneas. Quizás todos tengamos
algo de Madame Bovary. Quizás todos en algún momento hemos sentido esa
confusión. El peso de las fantasías. De la inconformidad y esas ganas de
aturdirnos para que el peso de la realidad no se nos venga encima.
Cierto que las fantasías por más bellas que sean, siempre
son una trampa. En este caso, cada vez que Emma quiso que se materializara su
mundo interior las caídas fueron demasiado dolorosas. Hasta el punto de
generarle una reacción física. Porque nadie nos ama como queremos que nos amen,
el otro ama como puede, desde su realidad. Por eso el amor tiene que ser un
puente y no puede ser jamás una posesión. Emma sin embargo, está obsesionada
con poseer el amor. Tal vez por definirlo, o por sentirlo por ella misma,
porque termina siempre enamorada del retrato de sí misma que ve en los demás,
busca definirse no tanto en los hombres, sino en las historias que vive con
ellos.
Emma es una mujer que quiere seguir el consejo de Píndaro:
llegar a ser quien ella es. Al final, por más desgarrador que suene, lo logra.
Logra convertirse en la heroína de una historia de amor. La suya.
Sin embargo, en esta novela hay un gran olvidado que es
Charles Bovary. Debo decir que en una primera lectura de la novela me dejé
cautivar y llevar por Emma. Tal vez porque tenía veinticinco años y el corazón
en carne viva, y sólo pensaba en el espejo que Madame Bovary me proporcionaba.
Aún sigue sucediendo, esas batallas del ego, ese consumismo, esa obsesión por
alcanzar algo que está divorciado de la realidad y la sensación de estar
siempre al borde del abismo.
Sin embargo esta vez vi a Charles de otra forma y luego al
leer a Vargas Llosa entendí que mi intuición tal vez no estaba tan errada. El
libro arranca y termina con Charles Bovary. Al final el termina ejerciendo la
función de ella. Él que siempre se vio tan tibio, incluso tan mediocre, termina
por ser el amante más desgarrado. Esta vez no pude sino sentir una enorme
tristeza por Charles y Bertha, la hija de Emma.
Al final Emma terminó de lograr algo que quería, matar a un
hombre de amor. El romanticismo en su máxima expresión.
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