Hace poco más de un año perdí la “virginidad de la lectura
digital”, por primera vez me leí un libro en formato electrónico. En general
las cosas digitales no suelen darme alergia. Ya me he acostumbrado a leer el
periódico en la computadora, o en el iPad. No me niego a los cambios. Ni le
huyo a las redes, aunque sí soy de las personas que no comparten mucho esta
tendencia a ventilarlo absolutamente todo en redes sociales, cosa que tal vez
sea una ironía viniendo de alguien que se maneja tanto por las mismas. En mi
defensa sólo diré que no suelo poner mi desayuno ni avisar cuándo me estoy
tomando un café. En todo caso, el mundo del libro digital tiene sus ventajas y
desventajas y está aquí para quedarse.
Así como me pareció una maravilla poder tener mis discos en
un aparto de menos diez centímetros de largo, tener mis libros en un lector
digital todavía no es algo que me convence. Lo sé. Hay algo de fetichismo. Lo
primero que hago con un libro es olerlo. No es que el kindle huela mal, pero no
es lo mismo. Quizás una de las cosas que más me angustia, además de las
limitaciones que tengo en cuanto a las marcas que me gusta hacer a las páginas,
es que el tema de manejarme en porcentajes en vez de en número de páginas me
causa estrés. Sé que algún día –nada lejano- me dirán vieja atávica por esto,
pero no me acostumbro. Llevo 20% del libro no es lo mismo a voy por la página
50.
También me ha costado el hecho de que la maravilla de poner
el dedo sobre una palabra y que aparezca su definición entorpece el
trabajo de marcar la frase. A veces se marca más de lo quiero, menos de lo que
quiero. Me desespero entre botones, flechas y dedos que no se coordinan. Me
siento vieja. El aparato me domina y me frustro.
Adicionalmente a eso me hace falta el peso del libro. Sí lo
sé, eso debería ser una desventaja del libro de papel. ¿Quién quiere ir por la vida como un burro
de carga? ¡YO! Mi sentido omoplato izquierdo está muy
agradecido, pero mi corazón no. Me gusta cargar con mis libros. También amo la textura y los colores de las portadas.
La sensación de marcar las hojas y lo que es más, me delito al ver los libros que faltan
por leer y los que ya he leído conviviendo en mi biblioteca. No es lo mismo
darle a Home, luego abrir, luego buscar aquel libro que querías citar. Hay algo
que para mí todavía no hace que la experiencia sea completa.
Empiezo a
pensar que nunca seré como mi amigo Roger que va
con sus cientos, literalmente cientos de libros digitales orgullosamente por
todos lados. Tengo un apego que tal vez no sea sano y no mejore con la edad. Sí.
Sufro de prejuicios en contra del libro digital. Es inconveniente en el fondo, pues con lo difícil que es comprar libros aquí resulta mucho más
sencillo bajarlos a un dispositivo electrónico.
A veces quisiera hacer el cambio de forma más firme, pero lo que me sucede es
que no me reconozco como lectora. El acto físico de la lectura
afecta tanto esta tarea intelectual. Leer sin duda es un ritual, claro que no
descarto nada, porque como todo ritual se adapta y cambia. Además, quién sabe
las sorpresas que nos traiga la tecnología.
En todo caso en estos días tengo que leer un libro de Virginia Woolf para un círculo de lectura y por error lo compré en digital. Suena a algo entre la tontería y la locura, pero yo siento que traicionar el libro. ¿Cómo vas a leer a Virginia Woolf en digital? no paro de preguntarme. No sé, pero el libro digital también es caro, así que no queda otra opción. Ya les contaré.
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