El
Águila:
El ala
derecha del águila coincide con el Ecuador celeste. Su pico apunta hacia la
espalda del Delfín.
- - ¿Un poco más de néctar Zeus?- Preguntó Hades.
La noche cayó sobre el Monte Olimpo, allí en
lo alto, muy alto en el cielo. Como todas las noches Hestia, Deméter, Hera,
Hades y Poseidón compartieron una copa de ese delicioso brebaje con su hermano
menor, Zeus. Luego, se retiraron a descansar, salvo Hades, que se quedó un rato
más con su hermano.
- - ¿Algo te preocupa? Te ves particularmente inquieto.
Zeus se
encogió de hombros sin responder. ¿Cómo podría comprender sus hermano mayor sus
problemas? Mientras él intentaba por su cuenta vencer el caos, sus hermanos y
hermanas vivían lascivamente, preocupados únicamente por sus placeres. ¿Pensarían
de vez en cuando en el camino recorrido desde la época de sus abuelos? En ese
tiempo en el que no existía solamente Gaia, la Tierra, madre de todo lo que
existía ahora, y Urano, el Cielo.
De su
unión nació una curiosa prole, Los Titanes
y las Titánides, seis varones y seis hembras. Uno de los varones,
Cronos, se fue violentamente en contra de su padre Urano, a fin de arrebatarle
el poder. Se convirtió a su ve zen rey de los Titanes y se casó con su hermana
Rea. Entonces, tuvo miedo cuando nacieron sus hijos, pensando que tal vez estos
harían lo mismo que él había hecho con su propio padre, y lo alejarían del
poder. Para no tomar ese riesgo decidió eliminarlos, pura y simplemente. Y como
era una criatura de gran apetito escogió tragárselos cada vez que nacía uno
nuevo.
Este
acto sucedió cinco veces. Cinco hijos desparecidos llevaron a la desgraciada
Rea al borde de la desesperación, hasta que un día, se burló de Cronos. Cuando
el sexto hijo vino al mundo, no lo colocó entre mantos a él, sino que puso en
su lugar una piedra, y la presentó al jefe de los Titanes. Voraz en exceso,
este la tomó por su hijo y la tragó. El bebé fue enviado a Creta, al cuidado de
una cabra, Amaltea, que lo alimentó y lo protegió durante muchos años.
Este
bebé era Zeus. Mientras esperaba la edad de ser hombre, Rea durante una visita
a Creta le reveló el secreto de su identidad, y los actos cometidos por su
padre. Le explicó la complejidad de su familia, la cual debería entender a
partir de ahora en adelante. Gaia, la abuela de Zeus, no sólo había traído al
mundo a los Titanes. Había dado a luz a toda una cantidad de seres, a veces
complejos, algunos de los cuales eran verdaderas criaturas de pesadilla. Los
cíclopes, los gigantes, los hecatónquiros, que tenían cien brazos y vivían
también sobre la Tierra.
Zeus
que no era violento como su padre, mas era inteligente, astuto y reflexivo,
sabía que necesitaba apoyo para atacar a Cronos. Se alió entonces con los
gigantes, y atacó con ellos a los Titanes. Enseguida obligó a su padre a
vomitar todos los hijos que se había tragado. En agradecimiento o tal vez para
mantener la paz, Hera, Deméter, Hestia, Hades y Poseidón, quienes le debía la
existencia a su hermano, lo dejaron gobernar sobre todo.
Era
entonces Zeus quien gobernaba el Olimpo. ¿Qué podía molestarle a Zeus? Él era
el jefe, el líder, y aún así no conseguía la paz. Gobernar en paz es una tarea
ardua. A pesar del orden que creía haber impuesto, el mundo sobre el que se
posaba su mirada todavía era un caos.
Desde
algunos días o gigantes que le habían ayudado a vencer a su padre, reclamaban
más poder. Para lograr su fin, habían intentado escalar el Olimpo. Zeus no
estaba inquieto, las paredes de la montaña eran muy escarpadas, y pera muy poco
probable que llegaran a la cima. Aún así, debía resolver el conflicto, y no
quería utilizar la violencia, ¿Sería posible?
Zeus
estaba agotado. Sus tormentos lo obsesionaban. Se sirvió otra copa de néctar.
Ya Hades se había acostado a dormir. Sabía que había bebido mucho, pero estaba
harto. Sólo tenía un deseo, sumirse en el sueño, y la bebida lo ayudaría. No
sabía que, muy cerca, los gigantes habían demolido el monte Pelión y el monte
Ossa, y los habían montado uno encima de otro. Habían llegado muy alto, muy
cerca del dominio del dios.
El
grito estridente de un ave rapaz, le arrebató el sueño a Zeus. Su águila. Su
ave predilecta. ¿Por qué lo despertaba? El dios gruñó. El néctar le amarraba
aún el espíritu. Se dio una vuelta sobre su colchón de plumas e intentó dormir
de nuevo.
Esta
vez fue un ruido de alas imperiosas que se lo impedía. El águila estaba
furiosa. A punto de amenazar a su amigo, el dios. Zeus salió de su torpor,
debía pasar algo muy grave para que el animal se comportase así.
Se
levantó y casi desfallece de sorpresa. ¡Los gigantes! Los gigantes estaban ahí,
a escasos metros debajo de él, con sus largas lanzas brillantes. Ya se creían
los líderes, los jefes, y su risa burlona resonaba en la aurora.
Hades y
Poseidón, a quienes el águila también habían despertado llegaron en su ayuda.
-
No podremos luchar – Dijo el primero
-
Son demasiado numerosos – Dijo el segundo
Y bien
como siempre, so yo quien debe llevar la acción, pensó Zeus.
¿Pero
qué hacer? Y bien, tenía en su poder un arma suprema, el rayo. Y desde entonces
se llamaría rayo, que había sido un regalo de los cíclopes. Zeus jamás había
usado ese fuego celeste, y le repugnaba hacerlo. Sin embargo, sabía que cuando
la turba de gigantes posara un pie sobre su reino no tendría más remedio que
hacerlo. Estiró su brazo y abrió la mano, una luz fulgurante brilló, y
desagarró el cielo. Con un ruido ensordecedor el extraño edificio que habían
construido los Gigantes se estremeció y estos cayeron al abismo.
El
silencio retumbó sobre la cima del Monte Olimpo, mientras brillaban los
primeros rayos de sol. Aliviado, Zeus, prometiendo jamás volver a abusar del
néctar decidió recompensar a su fiel amigo, el ave rapaz:
-
Sin ti – Le dijo- Los Gigantes estarían en mi lugar en este instante.
Como recompensa quiero que brilles por siempre en el cielo.
Fue así
que nació la constelación de El Águila.
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