Los Clásicos
Pasa con frecuencia, uno le
nombra un clásico e inmediatamente se arrugan las caras, se tuercen
los ojos, o incluso se confiesa abiertamente, eso no me gusta, me parece
aburrido, lo leí en el colegio y lo aborrecí. Entonces, tiende uno a quedar con
el estigma de ser un estirado que lee cosas densas, o peor, se ufana de
hacerlo, o un aburrido, nerd o cual sea el apelativo popular que venga al caso.
Los clásicos
tienen mala fama, y a mi modo de ver, y pido disculpas si suena exagerado y las ganas de arrugar la cara y torcer los ojos, muestran en gran parte los fallos del sistema educativo.
Cómo no crecer aborreciendo a los clásicos con herramientas como el Control de Lectura, en el que
hacen preguntas detalladas de los libros, los nombres, apellidos, parentescos
de los personajes, pero muy poco sobre su significado. Creo que
en pocas ocasiones se le pide al alumno su visión del libro como crítico. Es
decir, que le obligan a leer el Quijote por ejemplo, pero luego tiene prohibido
expresar si le gustó o no, de entrada, o más allá, ¿qué le pareció? ¿qué pensó? ¿cuál es su opinión sobre un evento, personaje, o modo de retratar la historia del autor? y ¿por qué?, y mucho menos se le pide que deje esas preguntas que deja todo gran libro, lo que es incontestable, porque la mayoría de los profesores piensa que es una vergüenza dejar preguntas sin contestar, como si la humanidad no tuviese tantas que tal vez es lo que más nos cuesta asumir, que no lo sabemos, ni nunca alcanzaremos a saberlo y entenderlo todo. Lo que en sí es un desprecio tal del alumno como persona que no es de extrañar que por ese simple hecho lo odie. Casi por una cuestión de honor y autoestima. En vez de revelarse dentro de la literatura, se revela fuera de ella. Incluso en
casa, es muy probable que alguien le diga, cosas como pobre, qué horror, eso no
te va a gustar, no entiendo cómo todavía los obligan a leer ese ladrillo, a mí
también me pasó lo mismo.
Es una pena. Los clásicos son la
base de todo. Lo que leemos hoy en día, lo que vemos en la televisión, en el
cine, incluso en la música. Los libros, las historias, los mitos, las leyendas,
son la piedra angular que define, o ayuda a definir el comportamiento del
hombre, que nos da una luz sobre los lugares más recónditos de eso que nos hace
además de seres vivos, humanos. En los clásicos están además las bases de toda
estructura literaria. De modo que para un lector, y más aún para un escritor,
no hay escuela, ni taller, como el de los clásicos, como el de la lectura en
solitario y la reflexión, si es posible en grupo, en compañía. Es así como se
aprende a abrir la mente, a cuestionar, a desarrollar la inteligencia. Es ese
paso el que nos lleva verdaderamente a la educación, no nada más la acumulación
del conocimiento, sin orden, ni estrategia, ni mucho menos el cómo ponerlo en
uso.
Sin embargo, uno también tiene
que ser realista. Hay muchos factores que están en contra de la lectura de los
clásicos. La complejidad. El tiempo. La velocidad del desarrollo tecnológico
que cada vez nos acostumbra más a vivir de forma acelerada, a restarle valor a
todo lo que no suponga gratificación instantánea. En este mundo de 140
caracteres, una novela de más de mil páginas es un libro de gran envergadura,
aunque la lectura tal vez sea más simple que la de un complejo tomo de 150.
Entonces pienso que a la hora de
leer un clásico hay que escoger bien también, porque tampoco se puede dejar de
lado a los contemporáneos. En la
lectura, como todo en la vida el equilibrio es esencial. Por eso me gustaría
compartir la lista de libros que se incluyen en la recopilación de artículos de
Italo Calvino, editada por Siruela, Por qué leer a los clásicos. En mi caso, no
los he leído todos, ni estoy cerca, pero debo decir que los que he leído me han
parecido maravillosos, y entiendo por qué Calvino sentía por ellos particular
admiración.
A veces uno se siente intimidado
antes de leer un clásico, pero nunca he soltado uno de esos libros, incluso
cuando tuve que batallar contra su complejidad, pensando que no valió la pena.
No así, con algunas cosas que uno lee, por moda y hasta por curiosidad. Cuando
uno lee un clásico, uno entiende, más allá de las palabras, por qué obtuvo esa
denominación, y no hay nada más gratificante como lector, que verse de frente a
la imaginación de un genio.

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