Libro I
Superior a todos los reyes,
poderoso y alto más que ningún otro, violento, magnífico, un toro salvaje,
caudillo invicto, el primero en la batalla, bienamado de sus soldados –baluarte
lo llamaban, protector del pueblo, impetuoso aluvión que destruye todas las
defensas-, en dos tercios divino y en uno human, hijo del rey Lugalbanda, que
se convirtió en dios, y de la diosa Ninsun, abrió los pasos de las montañas,
cavó pozos en sus laderas, atravesó el vasto océano, navegó hacia el sol
naciente, viajó hasta los confines del mundo en pos de la vida eternal, y
cuando hallo a Utnapishtim –el hombre que sobrevivió al Gran Diluvio y a quien
se le concedió la inmortalidad-, restauró los ritos antiguos, olvidados,
levantando de nuevo los templos que
el Diluvio había destruido, renovando
las imagines y los sacramentos por el bien del pueblo y de la sagrada familia.
¿Quién puede igualarse a Gilgamesh?¿Qué otro rey ha inspirado tal temor? ¿Quién
más puede decir: “Sólo yo reino entre todos los hombres, supremo entre todos
los hombres”? La diosa Aruru, madre de la creación, había modelado su cuerpo y
lo había hecho el más fuerte de los hombres: enorme, hermoso, radiante,
perfecto.
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