Confieso
que llegué a la obra de Proust con mucho escepticismo en cuanto a mi capacidad
lectora, con el temor de que no lograría
terminarlo. Un poco como me sucedió con el Ulises. Sin embargo desde las
primeras páginas ya pude presentir que este sería uno de esos viajes sin
retorno. Uno de esos viajes en los que al terminar me quedaría añorando a los
compañeros de viaje. Pensando en ellos. En lo que vivimos juntos, y con ese
vacío que te dejan esas personas con quien viviste tan de cerca algo. Algo
compartido y que de pronto, por el simple hecho de que todo acabó y llega la
hora de seguir por otro camino, no te queda más remedio que asumir la
distancia.
Es
difícil decir de qué se trata el libro. ¿Dónde empieza? Es un niño que nos va
describiendo la belleza del pueblo donde pasa las vacaciones con sus padres,
una belleza tan poética, tan sutil, tan bien descrita que uno siente que está
allí y uno quiere perderse con él. Es un niño de una sensibilidad extrema, y
uno sufre con él las vicisitudes de añorar los besos de su madre. Uno va
experimentando esos primeros enfrentamientos con el corazón roto, con el miedo
de expresar el amor. Además él descubre que quiere ser escritor, y la forma cómo
lo hace, a través de las lecturas, de su relación con un hombre que se vuelve
una especie de espejo, por su forma de ser, de abordar la vida, y sobre todo la
forma como la vida, el entorno lo aborda a él, a Swann. La forma como Proust
nos lleva por ese viaje. La descripciones de la familia, los almuerzos, los
salones. Uno siente que está viendo la vida, no leyendo una historia.
Luego
viene una segunda parte. La historia de amor entre Swann y Odette. Swann un
hombre culto, sensible, rico, inteligente, amado por todos por su forma de ser,
poco petulante pero extremadamente refinado, comienza coquetear con una mujer a quien considera
casi fea, ordinaria, un poco tonta y a veces hasta aburrida, que tiene mala
reputación y que le es infiel desde siempre. Es un amor que nace casi del
desprecio.
Entonces
Swann, que siempre se vio a sí mismo aislado, inmune, casi insensible a cierto
grado de pasiones, precisamente por su sensibilidad y su conocimiento del mundo
cae presa de un amor que lo envuelve, lo descontrola, lo desarma y casi lo
aniquila. Uno se mantiene en vilo
esperando a ver en qué momento Swann reventará o si al final estará a la par de
esa imagen idealizada que tenía el niño de él, si el hombre de mundo finalmente
triunfará sobre el amor. Si no serán después de todo la razón y la
inteligencia, la que terminarán triunfando. Si los hombres una vez que caen
tras las rejas de un amor como ese sencillamente no pueden salir, por más que
intenten y por más que su razón les diga que no tiene caso estar allí. Que se
espera en vano.
En
la última parte el narrador regresa a su historia y nos cuenta de sus amores, de
sus recuerdos, de sus reflexiones. Convertido casi en un espejo de Swann vivirá
una experiencia llena de ironía y de melancolía. Una historia de amor plagada
de soledades, de sensaciones de desasosiego, pero tan tiernas que uno se bandea
entre la ternura y la desesperanza.
Este
es un libro sobre la memoria, sobre el juego que se da entre nuestra vida y los
recuerdos. Es como dijo alguien en la discusión, para ponerse a pensar entre
tantas clases de personas, las que viven en el pasado, las que viven el
presente y las que viven en el futuro, pero a todas les afecta la memoria, porque los recuerdos
impregnan todo, ya sea porque uno olvida, porque uno piensa que todo tiempo
pasado fue mejor o porque uno no supo apreciar lo que feliz que era, incluso
tal vez más bien porque uno espera y a la vez teme el futuro. Porque uno no
sabe qué será más peligroso, si colmarlo de deseos y esperanza, o si más bien
será mejor colmarlo de imposibles.
Quizás
lo que no percibimos es el poco control que tenemos sobre ciertas cosas como
los sentimientos. A quién amamos, y cómo amamos. Y como por más que luchemos,
por más que nuestra inteligencia nos sirva para utilizar ese amor, conservarlo
y luchar por él de la mejor manera, al final siempre serán más fuertes que todo
el raciocinio de los hombres. Al final cuando los sentimientos son de verdad no
hay escapatoria.
A mi
modo de ver, Odette jugó con Swann, pero jugó para mantenerlo. Jugó para
enamorarlo con la maldad de los que aman. Con la crueldad de los que no quieren
aceptar un amor, o saben que hay mucho
que tienen que sacrificar para llegar a tenerlo y lo que es más, los que saben
que la forma más segura de mantener un amor es ser egoísta, porque después de
todo, el amor cuando más placer da es cuando uno lo vive de la forma más
egoísta, buscando el placer propio, aunque eso conlleve una cuota importante de
sufrimiento de ambas partes. Yo sí creo que Odette amaba a Swann. A su manera. Como al final terminan siendo todos
los amores.
Quizá
lo más memorable es que uno siente que Proust pintó este relato. Lo pintó con
palabras, y además utilizó pinturas, y ese paralelismo resulta casi mágico. Siento
que no soy la misma, pues he visto en muchas cosas un reflejo de mí misma, y me
he quedado pensando cómo estarán jugando conmigo los recuerdos, y cómo es
realmente la vida de mis sentimientos, y mi vida a través de ellos. Como será
para mí recorrer ese camino de Swann.

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